Arandelas
Coleccionaba arandelas de todos los tamaños y colores, enormes, diminutas, comidas por el óxido o con el metal aún brillante. La colección había crecido con el paso de los años ocupando estanterías y cajones y provocando discusiones continuas, pero ella no se resignaba y seguía recorriendo el perfil de las aceras con ojos ávidos, deteniéndose en parques, alcantarillas o papeleras, al acecho de un brillo fugaz, como una urraca. Quizá por aquella razón, Julia había encontrado más billetes de mil que cualquier otro y más monedas que arandelas, además de una caja de música con una bailarina coja, un libro del Marqués de Sade y un paquete de cigarros sin abrir, todavía con el precinto de venta.
Su mayor descubrimiento, sin embargo, le llegó una tarde de abril, sobre una acera gris de la que Julia conocía ya cada badén y cada línea desfigurada por el roce de suelas infinitas. En el interior de una botella de vino que asomaba por el hueco de una alcantarilla había un papel arrugado, a medias escrito. En él, sólo se leía: “Septiembre de 1936. Las bombas han asolado Madrid. Si esta carta llega a tus manos, espérame en la estación de tren. Huiremos al anochecer.”
Juan Salvador
En la playa, 1941
La vimos en la orilla y corrimos hacia ella. Parecía viva, era de un blanco brillante, cegador, un pedazo de nieve alado tirado en la arena, a punto de derretirse a nuestros pies. En sus ojos de oro se podía leer el asombro, la enorme dicha de haber sido cometa emplumado, de haber cruzado infatigable miríadas de cielos y galaxias. La mirábamos con la boca abierta, en el más respetuoso de los silencios, sin atrevernos siquiera a rozar una de sus plumas... sencillamente no sabíamos que pudiera existir algo tan hermoso.
Los chicos locales se mofaban de nuestro desproporcionado interés: ¡Pardillos! ¿Cómo era posible dedicar tantas horas a la contemplación de una gaviota muerta? No podían entendernos; éramos niños de ciudad en nuestra primera visita al mar, jamás habíamos visto un ángel, ni siquiera uno pequeño.
Cuando ya nos marchábamos apareció la botella. Venía flotando hacia nosotros, brillando como un pedazo de mica bajo los rayos de un sol a punto de desaparecer. En su interior, un trozo de papel con un mensaje que no dejaba lugar a dudas: "enterradme en el cielo", decía. Incineramos su cuerpo y lanzamos sus cenizas al aire. Descansa en paz.