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Introducción
No podemos decir que el Quijote sea sólo una invectiva en
contra de las novelas de caballerías; o mejor, no sólo
podemos decir eso. No es que le falte razón al supuesto, pero, aunque no podemos pasar por
alto que la novela de Miguel de Cervantes es mucho más, tampoco podemos negar que nace
del ataque en contra del éxito del que gozan estas historias incluso en la segunda mitad del siglo
XVI.
Mucho menos podemos afirmar que sólo sea el ataque satírico a los libros de caballerías
cuando, casi cuatrocientos años después de su publicación y lejos de la
lectura ávida de estos folletines que germinan en la Baja Edad Media, hoy nos falta,
como bien dice Juan Manuel Lucía Megías, el segundo término de la
comparación: las novelas de caballerías. Aún así, La vida del ingenioso
hidalgo disfruta de la vigencia de la que gozó
durante estas cuatro centurias de idas y venidas.
Pero que la obra de Cervantes, la novela plurifacial, se haya dicotomizado
desde múltiples puntos de vista, las más de las veces concediendo visiones
sesgadas o interpretaciones oníricas, no exime de intentar acercar al lector del
siglo XXI los best seller de
aquella segunda mitad del XVI, y rebuscar en la Historia de la
literatura la génesis, el desarrollo y la extinción (que no la
ejecución) de Amadises, Palmerines y Belianises para ver la relación
paródico-dependiente que El Quijote
tiene con ellos.
Panorama de la novela en la segunda mitad del siglo
XVI
Múltiples y diversas tendencias narrativas se acrisolan en esta segunda mitad
del XVI, y todas con notable éxito de público lector. Por una parte se da el
florecimiento de la novela pastoril en obras como La Diana (1559?), de
Jorge de Montemayor; La Diana Enamorada (1564), de Gil Polo; La
Galatea (1585), de Cervantes o La Arcadia (1598), de Lope de
Vega.
Por otra parte nos encontramos con el cultivo de la novela morisca, propagado
por las Guerras Civiles de Granada (la primera parte de 1595), de G.
Pérez de Hita, y causado, en parte, por la aparición de la anónima Historia
del Abencerraje y de la Hermosa Jarifa, incluida en 1562 en La
Diana, de Montemayor. También asistimos al resurgimiento de la novela
bizantina, aquella de amor y de aventuras que se alimentaba de las traducciones
de sus homónimas helénicas de Heliodoro, entre otros, y cuyos blasones son
repintados por Núñez de Reinoso o J. de Contreras.
En este medio siglo presenciamos el nacimiento de la novela picaresca, con el
anónimo Lazarillo de Tormes (1554) y el Guzmán de Alfarache
(1599-1604), de Mateo Alemán, y continuado en el XVII por Quevedo y su
Buscón, publicado en 1626 pero escrito veinte años antes; La pícara
Justina, de López de Úbeda en 1605; el Marcos de Obregón, en 1618, de Vicente Espinel y
el anónimo Estebanillo González, de 1646.
Pero, sin duda, la veta más exitosa se debe a la continuación del género de
los libros de caballerías, iniciado mucho antes por el Amadís de Gaula,
en obras como Don Belianís de Grecia (1547-1579); El Caballero del
Febo (1555), de Ortúñez de Calahorra; Felixmarte de Hircania
(1556), de M. de Ortega, o Don Olivante de Laura (1564), de A. de
Torquemada.
Los libros de caballerías.
Covarrubias los define como: "los que tratan de hazañas de caballeros
andantes, ficciones, gustosas y artificiosas, de mucho entretenimiento y poco
provecho, como los libros del Amadís, El caballero del Febo y de los
demás". Definición interesante del Tesoro de la lengua castellana
(recordemos que fue impreso en 1611) y ejecutada por un coetáneo de
Cervantes, que alguna pista nos puede dar sobre la acepción de estas obras
en el siglo XVII, en clara contraposición con lo que ocurría unos años
antes.
Para determinar el campo de estudio vamos a acotar la vigencia de las novelas
de caballerías. Por un lado, las encontramos, junto con las traducciones de los
romand franceses, desde fines del siglo XIII, con los primitivos
Zifar y Amadís. Al otro extremo podemos hablar del siglo XVII,
en donde se publican las últimas creaciones caballerescas hispánicas, esto es,
el Policisne de Boecia y el Clarisol de Bretanha
portugués.
El hito funcional de la materia literaria es la Historia regum
Britaniae, escrito del clérigo galés del siglo XII Godofredo de Monmouth
(1130-1136), a la que más tarde se le añadió el texto de Las profecías de
Merlín. Esta obra fue traducida al francés en verso hacia el 1155 por Wace.
A la huella de Monmouth aparecen, además del ya citado Wace, Marie de
France y el gran fabulador Chrétien de Troyes. A España llegan noticias de esto
a fines del siglo XII, aunque las traducciones no se producen hasta finales del
XIII y principios del XIV, procedentes de una versión que se ha llamado
Post-vulgata, que a su vez procede de una compilación del material que
pululaba a principios del XIII, la Vulgata. La Post-vulgata
(1230-1240) estaba constituida por: Estoire du Saint Graal, Merlin,
Suite du Merlin, La quête du Saint Graal y La mort du roi
Arthur.
En cuanto al origen y naturaleza de la
literatura caballeresca hispánica, podemos hablar de dos
líneas bien diferenciadas. Por una parte nos encontramos
con las viejas narraciones francesas -los romand-, escritas en verso al fines del
siglo XII (Wace) y prosificadas a lo largo del siglo siguiente.
Estas narraciones se subdividen, a su vez, en tres ramas: las de
temática "clásica", que entroncan con fábulas de la Antigüedad, más
concretamente con la fundación y destrucción de Troya; las de
ambiente artúrico, en donde van apareciendo, en torno a la figura de
Artús, las parejas de Tristán e Iseo y los amores adúlteros de
Lanzarote
y Ginebra; y en tercer lugar, las historias de
ambiente carlovingio, como Carlomagno y los doce Pares, a las que
hay que añadir breves novelitas de amor y aventuras.
Este material, que muchos consideraron
histórico, pasa a la península a mediados del siglo XIII, para
formar parte de las
Crónicas, en especial a la
Grande e general estoria de Alfonso el
Sabio, y difundiéndose por todo
el territorio a través de adaptaciones a las lenguas que convivían en esta parte
del Pirineo. Estas historias, retocadas y modernizadas, se dan a la imprenta a
fines del siglo XV y en los primeros decenios del XVI. Como bien nos informa
Sylvia Roubaud, en 1490 sale a luz la Crónica Troyana, y algo después,
los libros artúricos de la Tragedia de Lançalot catalana en 1496, el
Baladro del sabio Merlín en 1498, el Tristán de Leonís en
1501, el Tablante de Ricamonte en 1513, y la Demanda del Santo
Grial en 1515. Con todo, hay constancia y documentación para afirmar que
había un gran conocimiento de estas historias fantásticas que
rememoran aquella edad dorada de la caballería, y eso origina una demanda
que hace que el género se consolide en pleno Renacimiento.
En la otra línea de la que hablábamos más arriba están las obras auténticamente
hispánicas ("indígenas" las llamaba Menéndez Pelayo en contraposición a las
extranjeras a las que llamaba "exóticas"). Esto es, las de autores peninsulares
que a partir de fines del XIII se lanzan a componer libros de caballerías y que
siguieron elaborando nuevas ficciones hasta comienzos del siglo XVII. De éstos
provienen El Caballero Zifar, escrito, con toda probabilidad antes de
1300, aunque editado en 1512; el Tirant lo Blanc, redactado hacia 1460
e impreso treinta años más tarde; el Amadís de Gaula, refundido
sucesivamente a lo largo del XIV y del XV, que ve finalmente la luz cuando el
XVI dobla la esquina en la versión que ha llegado hasta nosotros, de Garci
Rodríguez de Montalvo; y, por qué no, el resto de los "Amadises" hasta la mitad
del siglo, el Palmerín de Oliva, de 1511, también con descendencia
cerrada en 1602 por el Don Duardos de Bretaña y el
Clarisol. A estos hay que sumar una cantidad notable de obras menos
conocidas, como el Floriseo, el Polindo, el Félix
Magno, el Florando de Inglaterra, Leando el Bel, Rosián de
Castilla, y El caballero del Febo.
La técnica narrativa más utilizada es la digressio ornamental, que
recomendaban los tratados de Retórica medieval. Este procedimiento se basa
en ir abriendo aventuras dentro de otras aventuras, formar así una
marasma caballeresca sustancial, para después ir cerrando cada una con una
sucesión de hazañas de toda índole. Todo bien amarrado para formalizar una
gradatio en la que la forma esta jerárquicamente dominada por el fondo,
para crear esa atmósfera de incertidumbre, establecer un entorno
catártico y, finalmente, subir a los altares de la caballería al héroe, al
miles.
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Los libros de caballerías en el Renacimiento, trasunto de aquellos otros
medievales que narraban una vida nobiliaria arcaica que sentaba los reales en
las hazañas guerreras y las intrigas sentimentales, plagados de valentía,
ferocidad y sentimentalismo, alumbrados por militia et amor y
siguiendo los códigos caballerescos y del amor cortés, se adueñaron pronto de
las conciencias lectoras del XVI, tal vez por la reminiscencia a ese mundo
fabuloso, aquel de las edades heroicas y galantes de los caballeros medievales andantes. Todo
se vertebra en el mundo artístico presentado como una galería de hechos y
personajes que se articulan desde el amor cortés y el esfuerzo heroico y toman
vida desde la búsqueda de aventuras.
Es la historia de Amadís, arrojado a un río al nacer y recogido por Gandales
de Escocia. Se educó con él y, tras crearse fama en el arte de la lucha y la
caballería, se enamoró de Oriana, con quién casó en secreto y a cuyo amor se
mantiene siempre fiel. Amadís, caballero, comienza a correr las aventuras
propias de su condición. Las luchas con Galaor, su hermano desconocido, y contra
el pérfido Endriago, así como sus tribulaciones en la Ínsula Firme. En el libro
cuarto, elaborado por Garci Rodríguez de Montalvo, se narran las luchas entre el
rey Lisuarte (padre de Oriana) y sus aliados contra Amadís, los caballeros de
la Ínsula Firme y sus amigos.
Maxime Chevalier ha estudiado el gran fenómeno social que constituye en el siglo XVI el
éxito de las novelas de caballerías, y hay constancia de que éstas interesaban
incluso a personajes de la alta alcurnia y elevado nivel cultural, empezando por
el emperador Carlos V y siguiendo por personajes como Juan de Valdés, Diego
Hurtado de Mendoza, San Ignacio de Loyola y Santa Teresa de Jesús. Estos son
libros que ofrecen un puro pasatiempo y son modelos de valor y cortesía
alimentados por el ideal caballeresco y el espíritu de cruzada que aún reinaba
durante el siglo XVI español. Se idealiza la acción por la acción misma y se
toma del cristianismo el aspecto ambiental, ritual y hasta cierto punto ético,
aderezado todo por el amor espiritual y la devoción hacia la mujer.
Cervantes y la caballería.
Desde la novela artúrica, desde Monmouth,
patrón y fuente de la ficción caballeresca, hay una evolución clara hasta que se
convierte
en un objeto merecedor de la parodia cervantina. Durante siglos la
novela del alcalaíno se ha enriquecido con los múltiples puntos de vista desde
los que ha sido analizada, pero como muy bien dice Juan Manuel Lucía Megías en
su artículo "Don Quijote de la Mancha y el caballero medieval", a costa de sacrificar
su primera
naturaleza.
Así, la relación del Quijote con los libros de caballerías no
sólo es de parodia, sino también de dependencia. Esta claro que el
hidalgo no es un verdadero caballero andante. Desde que es armado
con escarnio en la venta por un hospedero y, sin cumplir
los requisitos externos y físicos de la Orden de Caballería, don
Quijote es un loco trasnochado que vive en un mundo paralelo.
Pero, desde su singular visión, sí que es un caballero andante y en
él se mantienen todos los preceptos del espíritu caballeresco. Él mismo dice en el capítulo XIX de la segunda
parte:
Oficio de caballero es mantener viudas, huérfanos, hombres desvalidos,
pues así como es costumbre y razón que los mayores ayuden y defiendan a los
menores, así es costumbre de la Orden de Caballerías que, por ser grande y
honrado y poderoso, acuda en socorro y en ayuda de aquellos que le son
inferiores en honra y fuerza.
Es el mundo al cual se lanza en busca de aventuras el que no cumple los
preceptos caballerescos, el mundo de los molinos y el de los campesinos, el de
los galeotes y el del problema morisco, que no es el mundo por que el
discurría Amadís ni Tirante. Es ahí, en la superposición obligada, donde se
desarrolla la parodia cervantina. Una parodia que toma tintes épicos y
filosóficos y que explican la inusitada vigencia de El ingenioso
hidalgo, lejos ya de
la comparación primigenia con los libros de caballería, de los que no olvidemos, se sirve para
enriquecerse.
Manuel Francisco Sánchez-Carnerero
castillalamancha.es
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