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Costurera. VelazquezEn las zonas rurales de La Mancha la preocupación por la moda que, desde tantos y tantos escritos ha sido denunciada, no tiene demasiada vigencia. Esto se refería, obviamente, al vestido urbano. Por supuesto, en el campo, con el poder adquisitivo que le suponemos al agricultor y que ya ha hemos repasado en otros artículos, se dieron pocos cambios y no hubo momento para la inquietud en estos temas.

El hilado corría a cargo de la mujer campesina, que utilizaba el cáñamo, esto es, la parte basta del lino. Las telas se diferencian de las que se utilizan en la metropoli por el menor número de hilos en la urdimbre y por los colores pardos y oscuros que se utilizaban para estos bastos paños. En la ciudad se comercializan nuevas telas: la seda, que proviene de Damasco, y la gasa, tejida en Gaza.Fuente:Ed.I.Cervantes/Crítica

En los pueblos de nuestra región las mujeres se vestían con la saya parda, con faldas no muy largas, corpezuelo también pardo y la camisa de pechos. En el caso de que la fémina fuera hidalga, los paños eran más finos y se adornaban copiosamente con medallones y collares. En cuanto al hombre, su vestimenta constaba, básicamente, del capotillo de dos haldas, abierto por los costados y con mangas que se podían echar hacia la espalda; los calzones anchos (zaragüelles) y medias de paño pardo, así como la camisa de estopa y sus características alpargatas. En invierno, y para la cuestión del abrigo, se utiliza un capote con capucha llamado gallaruza.

El traje del campesino en día de fiesta se compone con camisa alta de cuello plegado, almilla de frisa, sayo verde escotado, zaragüelles de lienzo fino, antiparras azules, zapatos redondos, cinto tachonado, una caperuza del color del sayo y calzas, como tan fielmente nos ha retratado Cervantes en la descripción de los serranos toledanos. La mujer también gozaba de sustancial cambio con respecto al día de labor. Se componía su atuendo de saya y cuerpos leonados guarnecidos de raso blanco, camisa de pechos labrada, gorguera de hilo sembrado de argentería, garbín con flecos de seda, zapatillas "justas" y el ornamento de alhajas propio para el día de celebración.

Fuente:Ed.I.Cervantes/CríticaDesde la metropoli se preocupaban más por la apariencia y se dedicaba mucha más atención a la indumentaria, justamente porque el vestir, como otras muchas cosas, dependía, y depende, de las posibilidades económicas. Los españoles del XVII prefirieron el color negro para su vestuario, tal vez porque este acentuaba la seriedad que requería este periodo de penurias. La mujer siguió llevando el corsé en forma de cono con el talle más alto o más bajo según la moda. A fines de siglo apareció el traje suelto o mantua (derivado del nombre de la ciudad del norte de Italia), anunciando un cambio que se produciría en el siglo siguiente. Los artificios barrocos femeninos alcanzaron en la cabeza su máxima expresión. Se colocaron todo tipo de cintas, plumas y colgantes. Los sombreros, como un aditamento más del peinado, fueron muy corrientes entre las clases adineradas, mientras las viudas cubrían sus cabezas con tocas de aspecto monjil.

Para terminar, y como curiosidad, podemos hablar de la estética masculina de las barbas y las perillas, que sufrió un cambio radical. Durante el XVI, el pelo se llevó corto y la barba poblada, pero, por el contrario, en el XVII, se impusieron los cabellos largos con numerosos bucles y rizos y las barbas quedaron reducidas a perillas.

Manuel Francisco Sánchez-Carnerero