La Caza en Europa desde la Edad Media

Las Piezas

En la edad Media, los cazadores de Europa se apasionaron por tres especies de animales que, por su tamaño, agilidad y cantidad de carne que podía sacarse de ellos, eran con mucho lo más interesantes: el caballo salvaje, el uro y el bisonte. Al estudiar la caza que existía en Europa en aquella época, lo haremos por regiones.

La fauna de Europa central era la más completa, pues el habitat que ofrecían a los animales las fértiles llanuras y los bosques convenían muchísimo a todos los mamíferos y a todas las aves, como siguen conviniendo hoy a las principales especies. Los caballos salvajes eran muy apreciados, tanto por las dificultades que tenía que vencer el cazador como por el sabor de su carne. Los germanos celebraban, además, fiestas rituales, en el curso de las cuales se sacrificaban muchísimos caballos a los dioses, mientras que Gregorio III, representante de la Iglesia Romana, combatía estas costumbres haciendo exterminar la raza caballar. Ambas circunstancias produjeron una disminución de la especie, que tendió a desaparecer.

Swappach piensa que “si es acertada la opinión de Hecks, según la cual el caballo salvaje era llamado schelk, debían de existir aún algunos ejemplares en los alrededores de Worms, en el siglo XIII … Pero, como la palabra schelk significaba también pasto, es posible que se tratase de caballos reducidos a un estado semidoméstico”.

>En cuanto a los caballos, que, según el barón Von Herberstein, existían en Lituania alrededor del año 1570, deben aceptarse con reservas, puesto que relevantes autores declaran que la especie primitiva se extinguió allá por el año 1300. Podemos concluir que después de esta fecha, los pocos individuos realmente salvajes que quedaban se cruzaron con otros domesticados, pero que los grandes espacios no cercados indujeron a pensar que los animales que pastaban en ellos, lejos de los hombres, habían conservado su carácter original.

El uro había encontrado, en la Europa central, un biotopo perfectamente adecuado a sus necesidades, y por esto sobrevivió en estas regiones más tiempo que en las otras. Se caracterizaba “por su lomo recto, su figura esbelta, su pelo corto que formaba algunos bucles sobre la frente, y sus cuernos dirigidos hacia delante, en forma de lira, parecidos a los de los bóvidos de las estepas de Europa meridional. Todas las descripciones coinciden en que tenía el pelambre negro, con rayas claras en el lomo” (Swappach). Sin embargo, no puede decirse que esta especie fuese lo bastante abundante como para constituir un objeto particular de caza, ni que tuviese importancia económica. El uro desapreció definitivamente de Europa alrededor del año 1630. Sin embargo, algunos apareamientos produjeron razas mestizas de las que todavía pueden verse algunos ejemplares en las regiones boscosas de Escocia y de Inglaterra.

En cambio, el bisonte ha sobrevivido hasta nuestros días, aunque no estuvo más extendido en Europa que el caballo, y era más fácil de matar que éste. La explicación está en la morfología de este mamífero, bien pertrechado para la defensa contra el frío y contra los depredadores. Además de sus largos pelos, una gruesa capa de grasa le permite resistir los rigores climáticos de aquellas regiones donde aún sobrevive.

Un rebaño de varios millares de cabezas se encuentra protegido en el bosque de Bialowietsa, en Polonia oriental, y las autoridades sólo permiten matar anualmente un número muy reducido de machos, a fin de conservar a esta raza en vías de desaparición. Las medidas dadas por Swappach son: 2,40 m de largo por 1,84 m de altura en la cruz, y un peso de 655 kilos por término medio.

En las regiones prealpinas y en los macizos boscosos de Europa central, abundaban mucho los íbices y las gamuzas. Aunque eran cazados en raras ocasiones, se diseminaron a causa de las batidas contra otros animales. A partir de entonces, se retiraron a lugares cada vez más inaccesibles.

Si la gamuza se aclimató perfectamente en los Alpes y en otras regiones montañosas, costó mucho al íbice establecerse en ellas. Se crearon grandes reservas, como el Paradiso, en el valle de Aosta, y el parque nacional de la Vanoise, para salvar a los raros ejemplares que aún se conservan, y han aumentado notablemente.

La Europa central poseía hermosos ciervos, aunque su número tendió a disminuir, así como algunos corzos; pero esta última especie sólo se desarrolló a partir del siglo XVIII, puesto que estos pequeños cérvidos están deficientemente armados para defenderse de los grandes depredadores que frecuentan los bosques de estas regiones. Sólo con la desaparición de los lobos y de los linces pudo este animal crecer y multiplicarse normalmente. Lo propio puede decirse de la liebre, prácticamente desconocida en estas regiones hasta el siglo XVIII, probablemente a causa de su vulnerabilidad frente a los carnívoros siempre en busca de comida. Al hacerse éstos más raros, se multiplicó de un modo espectacular en Alemania y en Hungría. La multiplicación de los corzos y la liebres coincidió, pues, con la guerra de exterminio contra los animales de presa.

En ciertos países, el cazador era autorizado a matar un ciervo para recompensarle por haber matado un lobo. Podemos imaginarnos lo muy apreciada que era esta recompensa, si tenemos en cuenta lo que representaba un cérvido, exclusivamente reservado para la nobleza. Paralelamente, este ejemplo demuestra la importancia de los daños que debían de producir los depredadores para que los propietarios se decidiesen a recompensar de esta suerte a los cazadores.

Al final de la guerra de los Treinta Años, los lobos eran muy numerosos en una gran parte de la Europa central. Desde 1638 hasta 1663 fueron abatidos mil setecientos setenta y cinco lobos en el ducado de Wurtemberg, y cinco mil noventa y tres en Sajonia. Durante el mismo período se mataron doscientos treinta y cinco y trescientos cincuenta linces, respectivamente en estos dos ducados. Estas cifras se refieren únicamente a cacerías organizadas y, por consiguiente, no están incluidos en ellas los depredadores muertos por cazadores aislados. Desde 1820, los linces desaparecieron casi totalmente de Alemania y de Prusia oriental, y los lobos quedaron reducidos a una cantidad insignificante. Desde siempre, el territorio germánico fue una magnífica reserva de caza.

Desde  el siglo XV hasta el XVIII, los señores alemanes no sólo prohibían a los campesinos matar a los animales salvajes, sino que fomentaban el desarrollo de la fauna, sin preocuparse de las consecuencias, a menudo desastrosas, de esta proliferación, para los cultivos y la ganadería. La abundancia de caza llegó a ser tal en ciertas regiones que dio lugar a agitaciones como el levantamiento de los campesinos. En 1674, los habitantes de Treisa (Darmstadt) tuvieron que emigrar por no poder cultivar el suelo, ya que los animales devastaban sus campos. Si los cultivadores tenían derecho a alejarlos de sus tierras, no podían cazarlos, ni siquiera impedir su acercamiento con una valla de piedras. La posesión de armas de fuego les estuvo prohibida hasta 1750, y ningún animal podía ser abatido en un campo cultivado; la restricción de las armas era también aconsejada por el miedo de los señores a que se volviesen contra ellos.

En la Edad Media, los campesinos no tenían derecho a indemnización por los perjuicios causados por la caza, y sólo en el año 1500, aproximadamente, tomaron ciertos señores alemanes la iniciativa de indemnizar a sus vasallos, antes que permitirles matar unos animales que habrían podido cazar ellos mismos.

Fue más o menos en esta época cuando la nobleza resolvió, tanto en Francia como en Alemania, hacer participar a los campesinos en las cacerías, confiándoles la tarea de ojear la caza. Se organizaban periódicamente grandes batidas, a las que se invitaba a la población rural, sin preocuparse de los trabajos de la siega o de la recolección, frecuentemente abandonados para dar satisfacción a los deseos de los propietarios. Podeos imaginar cómo terminarían aquellos campos abandonados, a menudo pisoteados o asolados por la caza, y hollados por las herraduras se los caballos.

Sin embargo, no faltó quien se indignase ante tal estado de cosas; entre otros, Otto de Malsburg: “No puedo callar el hecho de que, por un zorro o una liebre, centenares de hombres corran durante todo el día sobre la fría nieve, que sean obligados a trabajar continuamente durante cuatro o seis semanas y que, después, tengan que ocupar el puesto de los perros; el espectáculo de unos viejos o unos jóvenes cuyos miembros se hielan por prestar este servicio haría llorar a las piedras.”

Desde el siglo XIII hasta el XVIII, se confirmaron estas obligaciones impuestas a los campesinos, y, en Hesse, los batidores debían proporcionar la tela para sus trajes de caza, que eran forzosamente confeccionados y remendados por los sastres de las aldeas. Cada judío debía confeccionar mil penachos, aportando las plumas (Darmstadt, año 1705).

Fuera de la temporada de caza, las jaurías estaban al cuidado de los campesinos, que debían comprar el pan para alimentarlas. Estos mismos campesinos tenían que comprar muy caras las piezas muertas y revendidas por los cazadores. Sin embargo, una voz se elevó contra el proceder de los príncipes alemanes: la del gran Federico. Este sostenía que en sus dominios los nobles tenían otros deberes más importantes que correr de un lado a otro en persecución de un gran ciervo: “La caza es un pasatiempo inadecuado para los príncipes, que tienen otras maneras, mucho más útiles para sus súbditos, de demostrar su magnificencia…”

Uno de los documentos más curiosos sobre la  caza en la Edad Media  es el Livre du Roy Modus et de la royne Racio, donde se encuentra, entre otras cosas, una clasificación de la caza en dos grandes categorías: de los diez animales que son objeto del arte de la caza, cinco son nobles (doulces) y cinco son innobles (puants); el corzo, el ciervo, el gamo, el alce y la liebre son doulces, mientras que el jabalí, el lobo, el zorro, el tejón y el gato montés son puants. Como veremos más adelante, los alemanes volverían más tarde a esta idea de clasificación de la caza.

De momento, advertimos que los cazadores del siglo XIV sólo catalogaron los animales que encontraban con mayor frecuencia y que cazaban con mayor agrado. Sin embargo, no cazaban más los unos que los otros, puesto que los jabalíes eran objeto de grandes batidas, tanto en Alemania como en Francia, y el hecho de que fuesen considerados puants no les libraba de la persecución, ya que eran tan apreciados como cualquier otra pieza.

En Francia, los zorros y los linces no eran objeto de una caza especial, pero sí que se les mataba en el curso de batidas realizadas contra otros animales. Las aves eran cazadas sobre todo por los campesinos, que disparaban contra ellas con arcos, con honda o con ballesta, o las apresaban con redes, atrayéndolas con cebos o reclamos.

Las perdices grises eran muy abundantes y los faisanes se multiplicaban en las reservas reales. Según ciertas informaciones, la caza mayor abundó mucho en Francia hasta 1800. Se dice que su densidad fue mayor que en Alemania durante la misma época; pero, para calcularlo bien, habría que saber el número de cazadores de ambos países y los medios que empleaban en las cacerías cuyos resultados conocemos. Los daños producidos en Francia por la caza provocaron protestas idénticas a las formuladas en Alemania. El desprecio de la nobleza por los intereses de los campesinos fue una de las causas del odio acumulado contra los señores, cuya conducta apenas si cambió hasta la misma víspera de la Revolución.

Las indemnizaciones con las que pensaban los reyes y príncipes acallar las quejas de los campesinos eran, desde luego, insuficientes y no compensaban nunca los perjuicios ocasionados. No sólo por espíritu de venganza, sino también para alimentarse, la población rural se entregó a la caza furtiva. Sabido es que, en aquella época, los campesinos pagaban tributo a los señores, a pesar de las múltiples obligaciones de otras clases que les eran impuestas. Con frecuencia, el señor prefería arrancar el campesino a su trabajo, antes que reducir la importancia de una cacería. Al propio tiempo, pretendía cobrar íntegramente el tributo, aunque el hombre hubiese estado ausente de su campo en la época en que más necesaria era su presencia. La caza tuvo, así, importancia histórica, pues los campesinos, cansados de las continuas vejaciones y de los impuestos excesivos de la nobleza, participaron, por estos motivos, en las pequeñas y grandes revoluciones.

En Inglaterra, y a partir del reinado de Guillermo el Conquitador, la caza fue privilegio de los grandes; de aquí la prohibición impuesta al pueblo de entregarse a este ejercicio. Hasta aquella fecha, las restricciones habían sido parciales, limitadas a las reservas reales o señoriales. Aquella decisión provocó, en las gentes privadas de recursos alimenticios, reacciones brutales pero comprensibles. Por todo el territorio británico se extendió una ola de caza furtiva, que rápidamente se transformó en bandidaje. Los hombres se escondieron en los bosques para continuar la caza de las piezas que estaban acostumbrados a comer. El bosque del Sherwood, rico en ciervos, gamos y corzos, sirvió durante muchos años de refugio a unos proscritos que, por estar expuestos a la pena capital, antes que dejarse apresar vendían caras sus vidas.

Hasta la invención de las armas de fuego, los ingleses poseyeron el arma más poderosa y más eficaz: el arco largo y ligero, que, manejado por los arqueros, llegó a ser tan temible en la caza como en los campos de batalla. Lanzaba una flecha a quinientos metros de distancia. Es curioso observar, a este respecto, que estos isleños eran los únicos que sabían emplear debidamente aquel arma, la cual, puesta en otras manos, perdía una gran parte de su eficacia.

El gamo era la pieza que más abundaba en Inglaterra, a pesar de que había sido importado de Alemania a partir del 1500, mientras que el ciervo había existido siempre. Posiblemente, los lobos, muy abundantes en este país, habían diezmado buena parte de estos cérvidos.

Swappach dice que el rey de Gales, derrotado en 938 cerca de brunamburgh por el rey Athelstan, tuvo que pagar anualmente un tributo de trescientas pieles de lobo. Guillermo I, Eduardo III y Enrique IV confiaron vastos territorios a los nobles, con la condición expresa de que les librasen de estos depredadores, demasiado numerosos para su gusto.

Aunque las perdices y los urogallos abundaban en Escocia, parece que sólo fueron cazados a partir d 1850. El faisán, ave de importación en Inglaterra y Francia, sólo empezó a cazarse en el año 1700.

En la Edad Media, la fauna de todos los países de Europa se diferenciaba poco de la actual; pero era mucho más abundante. Además, algunos animales, que hoy son típicos de una región, se hallaban entonces extendidos por todas partes. Hay  que recordar que las estepas y los bosques cubrían la mayor parte del continente, lo que facilitaba la reproducción y la multiplicación de la fauna. Es lógico que los cazadores medievales fuesen más aficionados a la caza de los grandes mamíferos que a la de los conejos, liebres y otras bestezuelas, dados los medios de que disponían y el objetivo alimenticio que perseguían por encima de todo. La gran cantidad de piezas hizo que los príncipes europeos perdiesen el gusto deportivo por la caza y dejasen de realizar las antiguas y largas excursiones y las fatigosas búsquedas en los tupidos bosques de sus territorios. Prefirieron la diversión que brindaban los parques cerrados, donde una multitud de animales se ponían a su alcance, sin que tuviesen que esforzarse mucho para acercarse a ellos. Estas cacerías se realizaban con frecuencia en presencia de espectadores, masculinos y femeninos, que gozaban mucho con el espectáculo. Uno de estos ejercicios consistía en empujar los zorros y las liebres hacia un recinto donde los cazadores tendían una red, en un extremo del cercado. Cuando las piezas pasaban sobre esta red, los cazadores la levantaban y lanzaban al aire los animales, que se fracturaban los huesos al caer al suelo, con gran regocijo de las damas y los caballeros, que aplaudían los mejores lanzamientos.

Pocas razones podrían aducirse para excusar estos métodos, salvo que los progresos agrícolas del siglo XVIII motivaron la creación de aquellas reservas y aquellos recintos. Digamos, de paso, que estos últimos representaron el origen de los parques zoológicos. El de Berlín fue, inicialmente, un parque de caza.

Datos históricos

Las obligaciones y gabelas que los príncipes imponían a sus súbditos, particularmente en Rusia, Alemania y Francia, se hicieron cada vez más gravosas entre 1600 y 1700, pues la ambición de los nobles crecía sin conocer límites. Así, como se ha dicho anteriormente, los sastres tenían que confeccionar los tajes del personal al servicio de los señores locales, y remendarlos si sufrían desgarrones en el curso de las cacerías. Si tenemos en cuenta que en ciertas batidas, participaban centenares de personas, podemos imaginarnos la importancia de los trabajos que había de realizar un pequeño número de operarios. Estos habrían podido vivir muy bien de su trabajo, si los príncipes se hubiesen avenido a pagarles, cosa que, desde luego, no hacían jamás. Los judíos debían suministrar los penachos de los sombreros de los cazadores, así como los plumeros de colores que se sujetaban a las cuerdas de los recintos para espantar a las piezas. Los campesinos debían cuidar, sin esperanza de compensación o de indemnización, los centenares de perros del príncipe, y, si uno de estos animales era destripado en el curso de una caza del jabalí, era sustituido por un perro de pastor, sin  más requisito.

Los Papas, los obispos y los clérigos no se mantuvieron al margen de estas cacerías, dando lugar a que en ciertos Concilios, a partir de 1500, se tomasen medidas encaminadas a prohibir a los eclesiásticos su participación en estas reuniones que exasperaban al pueblo. Sin duda, los campesinos aborrecían las obligaciones que les eran impuestas; pero la afición, profundamente arraigada en el corazón y en a mente del hombre, a perseguir y capturar la caza, continuó incluso en esta pobre gente, que limitaba sus hazañas a plantar una trampa aquí y allá, a expediciones nocturnas y secretas, y a las aventuras propias de los cazadores furtivos, todo ello con el miedo constante de ser sorprendidos y ferozmente castigados.

En Inglaterra, los normandos ahorcaron a centenares de cazadores furtivos por haber matado un solo animal; pero, a pesar de estas medidas, la isla entera se convirtió en un hervidero de hombres de esta clase, que, por la fuerza de las cosas, pasaron a ser bandidos para transformarse después en rebeldes.

Durante la primera mitad de la Edad Media, no había pasión por la caza, que, para la mayor parte de la población, no era más que una manera de buscar comida. El ardor de este ejercicio estaba reservado a los reyes, a los príncipes, a los barones y a los caballeros, que recorrían el campo en busca de una presa y organizan, al terminar la caza, festines pantagruélicos a los que era invitada toda la nobleza local.

A algunos de ellos les costó la vida: Teodorico, Carlomagno, Chilperico y Childerico murieron en accidentes de caza; otros perdieron batallas por culpa de esta afición, como Federico II en 1248. Mientras tenía sitiada Parma, tuvo el capricho de abandonar el campamento para ir a cazar con halcón; cuando volvió, encontró su campamento destruido, sus soldados dispersados y sus tiendas quemadas; los sitiados habían aprovechado su ausencia para vencer a sus adversarios.

¿Qué decir de los chocantes y humillantes castigos que se imponían a los cazadores furtivos y a los ladrones de halcones y de perros? Una ley borgoñona decretaba que el hombre convicto de robar un perro tenía que aparearse con la bestia en presencia de una asamblea convocada para presenciar el degradante espectáculo.

En Alemania, la muerte de un perro por descuido traía consigo que el responsable fuese puesto en la picota durante tres días, en la plaza pública. Cierto que esto ocurría en una época en que los castigos eran, en todos los campos, desproporcionados a las faltas cometidas, y no exclusivos del mundo de la caza.

n la Edad Media, la caza era una manifestación de magnificencia. Se formaban cortejos delante de los castillos o de los pabellones adornados con sedas multicolores, de donde partían los cazadores, montados en sus corceles, hacia los lugares de sus hazañas cinegéticas. Los caballeros vestían trajes preciosos de terciopelo y de brocado, e incluso los caballos llevaban gualdrapas de cuero y de tejidos de colores, dando al conjunto un aire de festividad brillante. Los perros y sus guardianes acompañaban a los cazadores, y servidores que tocaban trompas y cuernos cerraban el cortejo, seguidos de los encargados de rematar las piezas, armados de mazas, dagas y cuerdas.

En cuanto empezaba la caza, el bosque se llenaba de los sones roncos de los cuernos, acompañados de los aullidos de centenares de perros. La introducción de los halcones acentuó aún más la magnificencia de estas reuniones, pues permitía a las mujeres asistir a las nuevas cacerías de piezas pequeñas y medianas. Multitud de amigos eran invitados a observar cómo docenas de halcones se arrojaban a un tiempo sobre la misma presa, produciéndose luchas feroces en las que algunas aves parecían bajo las garras de sus congéneres, de una agresividad y una codicia extraordinarias. Se dice que los halconeros de Carlos VIII soltaban tal cantidad de aves simultáneamente que éstas “oscurecían el cielo”. Aunque esto parece un poco exagerado, demuestra que los monarcas, en su apasionamiento por esta clase de caza, llegaron a olvidar las reglas más elementales.

                              

                              

La nobleza, por gusto, y el clero, por obligación, renunciaron a las batidas y a la caza mayor, para dedicarse a la cetrería, menos fatigosa y más espectacular. A partir de entonces, alrededor del año 1600, sopló un viento de liberalismo sobre el pueblo, que obtuvo posibilidades de caza desconocidas hasta entonces. Como los halcones seguían siendo patrimonio exclusivo de príncipes y barones, los particulares fueron autorizados a cazar con arco, con redes y con lanza, y esto contribuyó a mantener y fomentar las ansias sofocadas hasta entonces por las restricciones del pasado.

Toda clase de fauna fue perseguida, y ésta disminuyó sensiblemente, tanto más cuanto que los nuevos cazadores habían sido empleados en las batidas y adquirido gran habilidad en la persecución de las piezas.

Por estas razones, muchos Estados europeos implantaron, a partir de 1700, la licencia de caza, sin la cal nadie podía practicar este ejercicio. Pero, como esta licencia sólo se obtenía mediante un pago, pronto se convirtió en instrumento de explotación, pues, en general, el pueblo no podía pagar las sumas exigidas.

La entrega de estos permisos era de competencia de los reyes, y la nobleza tenía que pagar un tributo proporcional a sus bienes; sin embargo, ésta siguió cazando sin licencia, confiando en la magnanimidad de los reyes, los cuales, al no ser obedecidos por la nobleza, se mostraron aún más severos con los humildes.

Por el contrario, los habitantes de las vastas llanuras de la Europa central, de ciertas regiones de Polonia y de Rusia, pudieron, en todas las épocas, cazar según las antiguas tradiciones y en absoluta libertad. Los rusos eran excelentes arqueros y pacientes amaestradores de halcones. Esta habilidad les había sido transmitida por los caucasianos, los orientales y los nómadas de Liberia meridional, que practicaban la cetrería desde hacía siglos. En cuanto a éstos, habían sido iniciados por los chinos.